Historia de los deportes: El tenis

Los inicios del tenis como lo conocemos actualmente se remontan a finales del siglo pasado, cuando un oficial del ejército británico que había prestado sus servicios en la India, reglamentó e instauró como deporte de competición un pasatiempo que sólo practicaban en sus residencias campestres unos cuantos acaudalados habitantes del Reino Unido.
El mayor Walter Clopton Wingflied, como se llamaba el oficial, estuvo muy acertado en la reglamentación de su invento, pues las normas que concibió aún subsisten en su mayoría. En lo que no estuvo muy acertado fue en el nombre que le asignó: Sphiristike, un nombre que ni siquiera tuvo aceptación entre los flemáticos ingleses. El rígido oficial tuvo que transigir y cambiar el nombre del deporte por “lawn tennis”, que luego pasó a ser simplemente “tennis”.
Pero si los ingleses pueden reclamar la paternidad del tenis moderno, son muchos los países que se disputan el honor de haber sido los antecesores de este deporte a lo largo de 4500 años de historia.
En efecto, el tenis, o al menos versiones similares, ya se practicaba desde la época de los antiguos egipcios. En una excavación realizada no hace mucho tiempo, en la tumba del Faraón Khnoum Hotep que reinó 2500 años antes de Cristo, se encontraron unos dibujos en los que se apreciaban unos personajes con paletas de madera y pelotas de cuero. Posteriormente los griegos y los romanos practicaron un juego semejante que fue evolucionando y tomando diferentes nombres: “Fainida” para Seneca, “Rahat” para los árabes, “tennez” para los franceses y “Teez -una palabra que aparece en la obra “Enrique IV” de William Shakespeare- para los ingleses.
En la Edad Media, saltimbanquis, juglares y trovadores se despojaban de dagas, laúdes y vihuelas y las cambiaban por primitivas paletas y pelotas para enfrentarse en sus ratos de ocio en apasionados duelos deportivos ante la asombrada mirada de los habitantes de las ciudades y aldeas que recorrían.
La gente corriente le fue tomando gusto a este nuevo deporte y muy pronto su popularidad se extendió. Pero como no hay dicha que dure cien años, pronto los poderosos se adueñaron de la diversión de los pobres y la llevaron a sus palacios. “En las plazas de los imponentes castillos y en los inhóspitos monasterios de la Edad Media, reyes y nobles se divertían practicando un juego extraño que pasaría, siglos después, a ser uno de los deportes con mayor número de simpatizantes en el mundo”.
Claro que los monarcas, los príncipes y los señores feudales se excedieron: no sólo se apropiaron de la diversión de los pobres y le cambiaron el nombre, llamándolo “Poumme”, sino que convirtieron un juego popular en un deporte elitista que sólo podía ser practicado por la nobleza, y se prohibió -bajo pena de muerte- su práctica por quienes no tuviesen sangre azul.
Mientras tanto, en América ya existía una versión de un tenis primitivo, “tlachli” para los toltecas, “chaza” para los descendientes de los incas en el sur de Colombia y el norte del Ecuador.
Es así como los tenistas contemporáneos pueden encontrar a sus predecesores de su deporte favorito entre los egipcios, griegos, romanos, franceses, ingleses, toltecas, incas e incluso, con un poco de imaginación, a los primitivos hombres de las cavernas.
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